Adiós al Arsenal

A poco que uno se para a ordenar ideas, una de esas tardes de sopor tras alguna comida copiosa, descubre que los agarraderos que tiene para acceder a la imaginación son, en esta sociedad polarizada, únicamente dos: el pasado y el futuro. Reflexionando algo más, descubre que, mientras el futuro se nos presenta envuelto en luminosos pastelitos de películas de gran presupuesto, con efectos especiales descomunales y sorprendentes, avasalladores, el pasado nos llega a través de objetos físicos, reales, dispuestos a la mano, y es su contacto el que nos evoca, súbitamente, la nostalgia de lo que otros vivieron. Es más extraño, más rico, lograr evocar un pasado que no pertenece a uno mismo, que visitar un futuro imaginario que no sabemos si acontecerá. Citando la famosa frase: el futuro ya no es lo que era. A pesar de todo, es este último el que gana, en primera instancia, nuestra imaginación curiosa y anhelante. Pasado un tiempo, sin embargo, el pasado nos asalta con su misterio, su presencia no disipada. El cine también se ha dado cuenta de esto y ha vuelto a ocupar las estancias del pasado como lo hiciera en los años cincuenta con los “peplum” y las películas sobre la Historia Sagrada. Esta forma de hermanar la sutilidad del pasado con la espectacularidad novedosa del futuro ha recibido los impagables apoyos de la Realidad Virtual, de forma que Troya, Roma, La Grecia de Alejandro o la Pasión del mismísimo Jesucristo resucitan en nuestras pantallas sin que sepamos muy bien donde se había escondido esa parte de la realidad que vivieron otros y que ahora nos asalta y nos desasosiega. Pero a la vuelta de la esquina nos aguarda nuestra propia historia, la de nuestros familiares, la que se nos olvidó vivir porque estábamos empeñados en diseñar el futuro, lo que viviríamos, torpe ilusión, el día que tuviéramos tiempo para ello.

En estos días diremos adiós al Arsenal. Las paredes doradas de las naves se desplomarán bajo el castigo de las máquinas y ya nadie podrá visitar el último paisaje auténticamente post-industrial que quedaba en Jumilla. Casi un siglo de historia se hará ceniza en pocos días, tras decenios de lento desmoronamiento. La historia de la degradación del Arsenal es la historia del siglo en Jumilla. Vivió la pujanza de la industria del esparto, su decadencia, la consiguiente emigración, el olvido, la ocupación por nuevas empresas apócrifas, la deserción de esos nuevos huéspedes y la final entrada de la empresa reina del nuevo siglo: la construcción. En todo este tiempo, el Arsenal ha sido siempre un lugar lejano y apartado, elegido en su época final por marginados que ocupaban las estancias vacías, bajo techumbres desplomadas. Sin embargo, sigue siendo un espacio de intensa belleza, ruda y desesperada, pero misteriosa, agreste, inasible. Entre las pinadas desiertas, las naves silenciosas y las máquinas quietas, a través de los hierros sin forma, las vigas combadas, el yeso cobrizo, conviven distintos tiempos al unísono, anacrónicamente, intempestivos ellos mismos; uno deambula por los caminos y le asaltan evocaciones de todas las épocas, de forma simultánea al par que sosegada. Es una experiencia difícil de trasmitir, una experiencia que ya no será posible. Una fotografía de Isidora Navarro, que se expuso en la Bienal de Vic, titulada “Et in Arcadia ego”, ilustraba con una sola imagen el poso singular de muerte y vida emparejadas que arrastra este lugar alucinatorio. Desaparecidos los batanes, la báscula, queda enterrado en el subsuelo, oculto, secreto, el gran generador. Chicos adolescentes se drogan muchos metros por encima; desperdician su mente y su salud: deberían limitarse únicamente a contemplar.

En la nueva urbanización se darán la mano pasado y futuro. El proyecto respeta el trazado original, con sus pinadas, sus filas de árboles en el Camino de los Franceses, su pino central, que será una plaza rotonda... El proyecto acabará con las miasmas y los fantasmas pero evocará el pasado mediante un Museo del Esparto, ubicado en una de las naves que no se va a derribar. El Ayuntamiento y los promotores merecen una felicitación por haber conseguido aunar estéticas tan distintas, objetivos tan dispares, tiempos tan alejados y excéntricos. No cabe duda de que quienes vivan allí disfrutarán de todos los servicios que se puedan desear, al par que serán acogido por la sombra de la historia bajo esos pinos en éxtasis, místicos, congelados en el tiempo de nuestros abuelos. Las cosas nos irían mejor si pensáramos más a menudo con el mismo espíritu que este proyecto merecedor de los mejores auspicios

Autor:  Bartolomé Medina Abellán, fuente:  periódico CANFALI, 21 de abril 2004

 

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